lunes, 27 de agosto de 2018

Xenofobia hacia venezolanos es profundamente anti patriótica



La xenofobia hacia inmigrantes venezolanos que algunos actores políticos irresponsables muestran por estos días en Perú, no solo es inmoral, sino profundamente anti patriótica.   

Es un hecho que esta particular oleada inmigratoria venezolana fue provocada intencionalmente por la irresponsabilidad histórica del gobierno anterior de PPK, que cometió la imperdonable negligencia de rebajar la normativa migratoria a fines de propaganda ideológica, contrariando los preceptos técnicos y de derechos humanos básicos a considerar en esta materia. 

También es un hecho que al menos 60 mil peruanos que en años anteriores migraron a Venezuela, aún permanecen allí, según cifras oficiales del estado peruano[1]. Señal innegable que pone en cuestión el carácter de hecatombe terminal de la crisis económica en ese país, en el que insisten las grandes cadenas mediáticas.       

Más allá de ello, hay quienes en Perú han visto un buen negocio político electoral en mostrar públicamente xenofobia hacia los venezolanos. Sin importarles que con ello rebajan la ciudadanía y los valores morales de su propia gente, despertando los peores anti valores y las más bajas pasiones egoístas e insolidarias. Tampoco que todavía, según cifras oficiales, haya casi dos millones y medio de peruanos residiendo en otros países[2], a los cuales les sería trágico sufrir una xenofobia similar.

Bicentenario

Pero, justamente ahora que el Perú se acerca a su bicentenario de la independencia anticolonial, resulta necesario destacar que esas expresiones xenófobas hacia los venezolanos son también profundamente contrarias al auténtico significado histórico y político de esta conmemoración patriótica.

En 1822, cuando aún hollaban los suelos suramericanos las fuerzas militares del contumaz poder colonial español, los líderes patriotas de los pueblos en lucha por su emancipación, supieron diseñar y ejecutar la tarea estratégica, imprescindible al desarrollo y felicidad, de coaligar formalmente las nacientes repúblicas.

Se trata del Primer Tratado de Unidad Suramericana. Fruto y evidencia de la convergencia esencial entre los dos grandes libertadores suramericanos y del Perú, Simón Bolívar y José de San Martín, formalización lógica y consecuente de su comunión de lucha y del objetivo compartido de integración continental, el “Convenio de unión, liga y confederación perpetua” entre Perú y la Gran Colombia[3].

Siendo ministros plenipotenciarios, por el gobierno de San Martín en Perú, Bernardo de Monteagudo, y por el gobierno de Bolívar en Colombia, Joaquín Mosquera. Se trataba de la más plena unidad militar, comercial y ciudadana, que hacía fundirse los derechos y deberes de peruanos y gran colombianos en todos los planos como uno solo y que se ofrecía a todos los demás Estados del continente. 

El 1° de mayo de ese año 1822, Mosquera arriba a Perú con su misión diplomática, definida en los siguientes términos por Bolívar: “la asociación de los cinco grandes Estados de América para formar una ‘nación de repúblicas’, objetivo tan sublime en sí mismo que no dudo vendrá a ser motivo de asombro para Europa. La imaginación no puede concebir sin pasmo la magnitud de un coloso que, semejante a Júpiter de Homero, hará temblar la tierra de una ojeada. ¿Quién resistirá a la América reunida de corazón, sumisa a una Ley y guiada por la antorcha de la libertad?”.[4]

La alusión a los cinco países en la cita, se refiere inequívocamente a la Gran Colombia de entonces, que incluía a Venezuela,  Ecuador y Panamá; al Perú de entonces, que incluía a Bolivia y parte de Argentina. Y a la explícita instrucción de proyectar el Tratado a Chile y las entonces Provincias Unidas, actuales Argentina, Uruguay y Paraguay.

Para aquilatar la visión de futuro del Libertador en esta temprana misión unitaria, cuando aún no se ha derrotado completamente al poder colonial español, cabe señalar que se trataba, en su intención e instrucciones a Mosquera, de incluir en el Tratado los territorios y pueblos de nueve de las actuales doce repúblicas suramericanas independientes que conforman la totalidad suramericana de la actual UNASUR, con solo Brasil (entonces monarquía constitucional y esclavista, formalmente independiente, bajo monarca portugués), Guyana y Surinam (entonces colonias inglesa y holandesa, respectivamente) no consideradas, además de Panamá que por entonces no existía y sería separada de Colombia a inicios del siglo XX.

Que el Tratado no era una simple declaración de intenciones o formalización de solidaridad ante el enemigo común, y que más aún, no se limitaba siquiera a la pura alianza de defensa, sino que se convertía en un instrumento ejecutivo de integración amplia y estructural, lo muestra el propio tenor de su texto que habla de un “Tratado de Unión, Liga y Confederación de paz y guerra... para asegurar la independencia americana, entre Colombia y Perú... para sostener con su influjo y fuerzas marítimas y terrestres... su independencia de la nación española y de cualquier otra dominación extranjera, y asegurar, después de reconocida aquella su mutua prosperidad, la mejor armonía y buena inteligencia, así entre sus pueblos, súbditos y ciudadanos, como con las demás potencias con quien deben entrar en relaciones”[5]. 

Consecuente con la permanente lucha programática por la unidad continental, “los libertadores de Colombia y Perú se obligaban formalmente a interponer sus buenos oficios con los gobiernos de los demás Estados de la América antes española, para entrar en este Pacto de unión, liga y confederación perpetua”[6].    

Ciudadanía suramericana

Impuesta por las necesidades de la hora, el Tratado establece, en primer lugar, la alianza conjunta militar y de defensa (letra a). También la unión comercial (letras c y d). Establece también mecanismos conciliatorios y pacíficos para desacuerdos limítrofes al interior de la confederación, y la defensa conjunta del sistema democrático republicano, ante amenazas en cualquiera de los Estados (letras e y f).      

Pero el Tratado establece, además, algo de trascendencia inconmensurable. Por primera vez en la historia republicana, crea la ciudadanía suramericana: “...los ciudadanos de Perú y de Colombia gozarán de los derechos y prerrogativas que corresponden a los ciudadanos nacidos en ambos territorios, es decir, que los colombianos serán tenidos en el Perú por peruanos y éstos, en la república, por colombianos” (letra b).

Normativa  que igualaba en fuerza y unión a los estados del sur con la poderosa confederación de estados del norte de América, que dejaba simplemente sin significado el propio concepto de migración entre los pueblos suramericanos y haría impensable las actuales manifestaciones de xenofobia hacia venezolanos en Perú.

Vigencia

El tratado fue publicado en Perú por medio de una “Gaceta extraordinaria” por expresa instrucción de San Martín, cuyo gobierno lo aprobó el 15 de julio. En Colombia, la fuerte oposición a Bolívar logra demorar su aprobación por el senado hasta el 12 de julio del año siguiente, 1823.

Ciertamente, la caída del Ministro Bernardo de Monteagudo en Perú, y el auto exilio de San Martín, así como la conspiración contra Bolívar y su proyecto de federación suramericana, tanto en Perú como en Colombia, terminaron por derrotar la aplicación del Tratado.

Sin embargo, queda como uno de los primeros y más grandes hitos en la memoria continental de unidad e integración y como prueba irrefutable del programa continental de la revolución patriótica anticolonial.

Dos años después, en diciembre de 1824, dos días antes de la batalla de Ayacucho, que habría de sellar estratégicamente la independencia continental del poder colonial español, Bolívar y su Ministro peruano, José Faustino Sánchez Carrión[7], firman el Decreto del gobierno peruano donde convocan a los gobiernos de Chile, Perú, las Repúblicas Unidas (actual Argentina), México y Guatemala, al Congreso de constitución de la Federación Suramericana, teniendo como sede el istmo de Panamá, entonces parte de la Gran Colombia. 

En el llamamiento al famoso “Congreso Anfictiónico de Panamá”, traen a la memoria el señero primer Tratado de Unidad Suramericana, realizado entre los libertadores de tres y cinco repúblicas, Bolívar y San Martín, en 1822: “El gobierno del Perú celebró en 6 de julio de aquel año un tratado de alianza y confederación con el plenipotenciario de Colombia; y, por él, quedaron ambas partes comprometidas a interponer sus buenos oficios con los gobiernos de la América, antes española, para que entrando todas en el mismo pacto, se verificase la reunión de la asamblea general de los confederados”[8].

Por esos mismos días, se publica un Ensayo que celebra y llama vehementemente a sostener la iniciativa: “Ningún designio ha sido más antiguo entre los que han dirigido los negocios públicos, durante la revolución, que formar una liga general contra el común enemigo y llenar, con la unión de todos, el vacío que encontraba cada uno en sus propios recursos...”[9]. Quien lo escribe no es otro que el mismo que actuara como plenipotenciario del Perú en el histórico Primer Tratado: Bernardo de Monteagudo.

Fiel a su concepción de radical inclusión e igualdad social, anti oligárquica, como componente de esta unidad continental, Monteagudo agrega: “...el año 25 se realizará, sin duda, la federación hispanoamericana bajo los auspicios de una asamblea cuya política tendrá por base consolidar los derechos de los pueblos y no los de algunas familias que desconocen, con el tiempo el origen de los suyos”[10].

Apenas publicado el Ensayo, el último gesto revolucionario de uno de los firmantes del Primer Tratado de Unidad Suramericana, este ilustre, aunque extremadamente polémico patriota, fue asesinado en Lima, sin que pudiese esclarecerse nunca a los autores intelectuales. Poco antes, había escrito en las trincheras periodísticas patriotas su epitafio: “Yo no renuncio a la esperanza de poder servir a mi país, que es toda la extensión de América”[11]. 

Todo un símbolo del auténtico proyecto patriótico que está próximo a conmemorar dos siglos en Perú y un indicador incontestable del carácter profundamente anti patriótico de la actual xenofobia hacia los venezolanos.



27 de agosto de 2018.
Ricardo Jiménez A.




[1] Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) (2017). Estimación y Análisis de la Migración Internacional, Según Diversas Fuentes. Síntesis metodológica. Perú: Autor. Págs. 30 y 32.
[2] Ibíd. Pág. 32.
[3] Tratado de Alianza Colombia – Perú, firmado en Lima el 6 de julio de 1822, ratificado el 15 de julio de 1822. En: Documentos Archivo General San Martín. Comisión Nacional del Centenario. Buenos Aires, Argentina. Coni Hermanos. 1910. 12 volúmenes. Preámbulo. Tomo VI. Pág. 537. 
[4] Instructivo de Convocatoria para el Tratado de Unión. Simón Bolívar. En: Ibarguren, Carlos. San Martín íntimo. Buenos Aires, Argentina. Dictio. 1977. 
[5] Tratado de Alianza Colombia – Perú, firmado en Lima el 6 de julio de 1822, ratificado el 15 de julio de 1822. En: Documentos Archivo General San Martín. Comisión Nacional del Centenario. Buenos Aires, Argentina. Coni Hermanos. 1910. 12 volúmenes. Preámbulo. Tomo VI. Pág. 537.  En realidad, eran dos tratados complementarios, firmados simultáneamente, de 12 y 9 artículos, respectivamente.  
[6] Pérez, Antonio. Ideología y acción de San Martín. Eudeba. Buenos Aires, Argentina. 1966. Pág. 52.
[7] “El señor Carrión tiene talento, probidad y un patriotismo sin límites”. Carta de Simón Bolívar a Francisco De Paula Santander. 23 de febrero de 1825. Citado en Alva, Luis & Ayllón, Fernando. Selección y prólogo. En defensa de la patria: José Faustino Sánchez Carrión (Selección de escritos de José Faustino Sánchez Carrión). Pág. 3.
[8] Porras Barrenechea, Raúl. El Congreso de Panamá (1826). Imprenta la Opinión Nacional. Lima, Perú. 1930. Págs. 3 a 6. 
[9] Monteagudo, Bernardo. Ensayo sobre la necesidad de una Federación General entre los Estados Hispanoamericanos y Plan de Organización. Enero de 1825. Citado en: Galván, C. Monteagudo, ministro y consejero de San Martín. Claridad. Buenos Aires, Argentina. 1950. Pág. 243.  
[10] Ibíd. Pág. 244.
[11] Monteagudo, Bernardo. En: Galazo, Norberto. Seamos libres y lo demás no importa. Vida de San Martín. Ediciones Colihue. Argentina. 2000. Pág. Pág 473.