martes, 28 de abril de 2015

El Amaru cabalga en la revolución bolivariana de Venezuela



El proyecto nacional popular peruano y la revolución bolivariana venezolana son tareas históricas, permanentes. Sus lazos entrañables, alimentados de la más hermosa verdad y memoria histórica, vencen el silencio, la calumnia, la tergiversación y la desorientación.

En 1780, la  rebelión anti colonial de los Tupacs, Amaru y Katari, alcanzó a prácticamente toda Suramérica, con una tormenta perfecta de más de 50 mil combatientes de  más de una veintena de pueblos indígenas, negros, mestizos y criollos. En la actual Venezuela, el capitán de la rebelión es el criollo Javier de Mendoza, declarado “capitán general de los llanos”, al mando de tres mil indígenas, a quienes hace jurar a Tupac Amaru como “rey de América”. Lo secundan los también criollos, hermanos Eugenio y Gregorio Bohórquez. Antes de ser derrotada, la rebelión llega hasta LaguniIlas, donde los alzados tomaron el pueblo dando gritos de “¡Viva el Rey del Cuzco!”, y Mérida, ocupada bajo el mando de los criollos Vicente de Aguilar y Juan García.

Juegan un rol decisivo las mama’tallas, Micaela Bastidas, Bartolina Sisa, Tomasa Tito y otras, generalas andinas de la rebelión, al mando de hasta miles de combatientes, incluyendo “batallones de mujeres” que según los partes de guerra españoles eran “más feroces que los hombres”. En el teatro de operaciones de la actual Venezuela ocurría lo propio, como informa José Tapia, sacerdote realista y vicario general, al gobierno colonial: “Finalmente esta provincia está en una confusión infernal… Solamente se ve y se sabe de crímenes, prueba de lo cual es la niñería que ha permitido nombrar mujeres como capitanes”. (10 de julio, 1781).    

La insurrección del Amaru Katari impacta en la formación político militar de Francisco de Miranda, venezolano, futuro precursor de la definitiva lucha de independencia anticolonial, quien reconoce, en carta de 1792, que el levantamiento tupacamarista, siendo él oficial del ejército español en Europa, fue antecedente preliminar de su propia concepción revolucionaria.

Según consigna Héctor Béjar, se dice que informes de la rebelión llegan a oídos de los precursores revolucionarios haitianos, incluyendo el “bando de libertad de los esclavos” de Tupac Amaru. Ellos, no sólo harán de Haití el primer país independiente y sin esclavitud de América Latina, sino que lo convertirán en el primer santuario de la humanidad, declarando libre a todo esclavo que pisara tierra haitiana.

Será en Haití que Bolívar recibirá, más tarde, decisiva y cuantiosa ayuda militar por parte de Petión, quien sólo pedirá a cambio la libertad de los esclavos. Bolívar tomará la bandera anti esclavista para no bajarla nunca más, y esa será una de las razones del odio oligárquico y la traición de muchos de sus generales. Antes de morir, dirá que un día América llamará su verdadero libertador a Petión.

El último de los Tupac Amaru, Juan Bautista, sobreviviente de la rebelión, las torturas y décadas de mazmorras españolas, escribe en 1826 hermosa e inequívoca carta a Bolívar, abrazando e identificando ambas luchas y proyectos.

El primer Tratado de unidad suramericana, el hermoso código genético de nuestra actual Unasur, se firma en el Perú en 1823, aún en guerra contra los españoles, entre el Perú gobernado por San Martín  y la Gran Colombia de Bolívar.         

También desde el Perú en 1826, gobernado por Bolívar, se hace la convocatoria al Congreso de federación continental de Panamá. Arquitecto del proyecto, junto al venezolano Libertador, es el peruano Faustino Sánchez Carrión, el más bolivariano de los peruanos. El que, según Héctor Béjar, es tan bolivariano que cuesta distinguirlo de Bolívar.  

El Amaru será reivindicado para el Perú, como un regalo amoroso de la memoria para su Patria, por el general Juan Velasco Alvarado. El entonces joven oficial militar venezolano, Hugo Chávez, rememora: “Conocí a Juan Velasco Alvarado, a partir de uno de esos hechos totalmente casuales que aceleró en mí el proceso interno, de forja, de enrumbamiento político. Se cumplían 180 años de Ayacucho y en la Academia Militar me pasaba el día hablando de Bolívar… El capitán… me llamó: "Chávez, hemos escogido a 12 muchachos para ir en una comisión a Ayacucho… Como usted es de los bolivarianos…lo hemos escogido." Se imaginarán qué alegría.

Esa noche me fui para la biblioteca… y comencé a estudiar qué estaba ocurriendo en el Perú. Descubrí el Plan Inca y que allí se estaba produciendo una revolución dirigida por un militar nacionalista. Pasamos en Lima varios días, haciendo preguntas a todo el mundo, alimentándome de aquel proceso e intercambiando con cadetes colombianos, panameños, peruanos y chilenos…

Nos llevaron a la casa de gobierno y allí estaba Velasco, en una recepción dedicada a los oficiales y cadetes, donde ofreció unas breves palabras y nos hizo llegar dos libritos, La Revolución Nacional Peruana y El Manifiesto del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada de Perú. Después de escuchar a Velasco, me bebí los libros hasta aprenderme de memoria algunos discursos casi completos. Conservé esos libros hasta el 4 de febrero de 1992. Cuando me apresaron, me lo quitaron todo.

Les cuento todo esto porque la toma de conciencia política no fue automática. Sin lugar a dudas estos hechos dispararon mis convicciones a un determinado estadío espiritual. Y ya de ahí no he retrocedido, pues”.[i]

La fatídica pero heroica noche del frustrado golpe de estado contra la revolución bolivariana en Venezuela, en abril de 2002, piquetes de ciudadanos venezolanos resistieron con las armas en la mano, tal como había hecho el Presidente mártir chileno, Salvador Allende, al fascismo venezolano, desde las azoteas de edificios públicos en torno al palacio de gobierno en Miraflores. Junto a ellos, cercados por los golpistas y pensando durante toda la noche que no había salida, combatieron internacionalistas peruanos. La movilización popular terminó haciendo huir a los golpistas al amanecer.

Esa misma noche, en un barrio popular de Caracas, también en resistencia a los militares golpistas, cayó, alcanzado por un tiro en la cabeza cuando saltaba una muralla, un anónimo joven peruano.

Muchos internacionalistas peruanos se quedaron a trabajar y construir en la revolución bolivariana, en campos y ciudades, uniendo esperanzas y sacrificios.

En el Perú actual, la entrañable identidad del Amaru y Bolívar sigue siendo un fantasma que recorre incómoda la pesadilla neoliberal y dependiente que pretende en vano eternizarse.



Ricardo Jimenez A.





[i] Tomado del libro “Chávez nuestro” de Rosa Miriam Elizalde & Luis Báez, Cuba / Venezuela, 2004. Descargable en:  http://www.rebelion.org/docs/164912.pdf

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