jueves, 5 de septiembre de 2013

NOTAS DE VIAJE: TARAPOTO - CHACHAPOYAS, PERÚ


Siguiendo la  memoria de nuestros pueblos ancestrales, recorro las regiones de San Martín y de Amazonas, el calor intensamente verde de Tarapoto, el abrazo andino amazónico de Chachapoyas. Bendigo las carreteras, son  la tecnología maravillosa que nos permite masivamente conocer estos territorios y rastrear la huella de esas culturas, que así, de ese modo, gracias a la carretera, se vuelven también efectivamente nuestras, parte de lo que también pluralmente somos.
Sinuosas, las carreteras, los caminos de trocha y los senderos, toman la forma de los caprichos rocosos de las montañas, se enhebran en el tejido abrumador de las selvas, acompañan el caudal amoroso de los ríos, las insondables lógicas de los barrancos y desfiladeros. La carretera nos regala este goce aturdidor de la vida en su estado más inmediato, nos transporta por la misma ruta de los vientos, tayta huayra, y nos hace a ratos compartir la mirada de los cóndores.
Prudente, como un huésped de las nubes, comprendo que la carretera es la actualización de los andenes agrícolas, las colcas y los acueductos ancestrales, es cuando los runas, humanos, entramos en la sallqa, Pacha mama, en equilibrio. Se me hace evidente la sabiduría misteriosa de los pueblos que descifraron el código vegetal de la vida, el lenguaje umbrío de las aguas y las piedras, el palpitar de la vida en cada forma.
La carretera es importante para la gente, dinamiza la vida y los intercambios, que son la vocación incontenible de estos territorios. Sin embargo, no ocurre lo mismo con las oportunidades, con la justicia. Mientras nosotros podemos venir de lejos a hacer nuestro también, en el mejor sentido ancestral de esa palabra, estos paraísos, la gente que nos recibe sabe demasiado de olvido y de abandono. Un ejemplo, el internet, que en la ciudad de Chachapoyas -nombrada “fidelísima” por el congreso revolucionario patriota por su heroica resistencia popular a los ejércitos coloniales españoles- es insufriblemente lento, a carbón. Inevitable pensar en la ironía histórica que representa el contrato de la vergüenza, firmado por el gobierno con Telefónica española, a la que no sólo tolera este maltrato en el servicio a pueblos y regiones enteras del país, sino que encima la premia con 5 mil millones de soles en impuestos que no han pagado ni quieren hacerlo, que servirían para superar tanta pobreza y evitarían la cobardía de los estados de emergencia y los asesinatos impunes de la represión a los más excluidos.      
Pasamos por Yurimaguas, Tabalosos, Soritor, Juanjui, donde hace décadas el hambre de justicia hizo el amor con este olvido y en el desenfreno de su pasión arañó la espalda de esta geografía. Pasamos por Bagua, cuya larga curva del diablo sigue transitando este país, forzado por la traición a vivir de espaldas a la fraternidad y de rodillas ante los poderes del egoísmo insaciable. Tayta apus, mama tallas achachillas, no dejen que de ese trago amargo beba nuestro corazón, llénennos de la furiosa belleza vertical de los acantilados, de las lluvias y miradas milenarias que cincelan estas rocas, del guarapo y las chelitas justo a tiempo, de las almas como huancas que no se venden de yanaconas del dolor. Amaru de justicia queremos, Katari de esperanza respiramos.        
Desde las alturas que orillan y funden el mundo de las huacas con los ojos de los runas, interrogamos los vestigios de lo colectivo, la pacarina de cómo es que somos comunidad. Es como andar a tientas en la niebla de prejuicios y malas interpretaciones; somos todavía un mundo que no sabe bien cómo mirar a otro mundo, viejo y nuevo a la vez, a medio enterrar y a medio salir aún. Sin embargo, los rastros de la reciprocidad humana y ambiental, nos hablan desde su sólido  silencio, actualizando en el presente su verdad. A inicios del siglo XXI, en las estructuras de la ancestral ciudadela de Kuelape en Chachapoyas, un equipo de expertos de la academia reconstruyó una típica casa redonda de la cultura ancestral Chachapoya, de ancha base y altas paredes de piedra con techo de paja. La casa reconstruida no resultó, la esquiva geometría circular de esa arquitectura no pudo ser recreada por los expertos del presente y luce un horrible entramado de alambres y tablones para detener su inminente derrumbe. El hecho no puede ser sino simbólico, contundente, desafiante de nuestra vanidad científica llena de miserias sociales perfectamente evitables, de nuestra arrogancia moderna poblada de horrores atómicos, químicos y bacteriológicos. 
A pesar nuestro, con o sin nosotros, el viaje de millones de años de las enredaderas y volcanes para besar la mama cocha no ha terminado, la paciente arcilla cuántica del tiempo, ahora empezamos a comprenderlo, no cesará jamás y su destino sólo puede ser realizarse.
¿Podremos nosotros desaprender el legado del extravío y reaprender a tiempo el mensaje sistémico y vertebral que aún duerme acurrucado en la placenta metálica de nuestros Andes; la generosidad universal grabada en la mullida y húmeda serpiente de los valles; la felicidad de los ríos que se van pasando aguas y nombres hasta dibujar el rostro de un continente?

  

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