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sábado, 31 de mayo de 2014

COMENTARIOS AL NUEVO DISCO DE JORGE MILLONES


Kurt Cobain, el famoso vocalista de la banda de rock Nirvana, decía que en las buenas o grandes canciones la melodía lo era casi todo. Y creo que el nuevo disco de Jorge Millones, “Crítica de la miseria pura”, viene a ser otro ejemplo de que esa afirmación es completamente acertada. Un factor común y que distingue a todas las canciones del disco de Jorge, por encima de las diversas temáticas en sus letras, es la presencia de una muy buena melodía. 

Es lo que comúnmente llamamos “la música” de una canción, y las músicas de las canciones en este disco de Jorge producen lo que los conocedores llaman “goce estético”, es decir, gustan, se disfrutan y tienden a quedarse grabadas, son “pegajosas”.

Se trata de un primer nivel de acceso al disco que es el más directo y el más amplio. La melodía llega al mayor número de personas porque no exige otro requisito que el disfrute, para el cual todos y todas, sin excepción, estamos capacitados. Y Jorge Millones, con el impecable acompañamiento de su banda de talentosos jóvenes en guitarra, percusión y coros, nos regala un disco lleno de melodías memorables, destinadas antes que nada a hacernos disfrutar, que es quizás la primera tarea del arte.

Pero Jorge logra todavía más en su disco, algo que es escaso y muy feliz, la perfecta conjunción de esas bellas melodías con afortunadas letras.

Mientras la corriente de la cultura hegemónica en el mundo y el Perú actual celebra y refuerza con toda intención la superficialidad, la banalidad, la reproducción de prejuicios discriminatorios y anti valores, Jorge hace una apuesta fuerte y arriesgada y nos entrega un disco conceptual.

Es decir, un disco en que cada una de las canciones e incluso la gráfica,  forman una sola y única obra, en torno a una sola idea rectora. Ejemplos clásicos de discos conceptuales son el “Sargent Pepper” de los Beatles y “El lado oscuro de la luna” de Pink Floyd.

Yendo aún más lejos a contra mano de la cultura basura hegemónica, Jorge centra este concepto del disco nada menos que en la crítica. Una idea fundamental para la cultura occidental y la política moderna a lo largo de los últimos siglos. Así lo refleja el nombre del disco: “Crítica de la miseria pura”, que parafrasea la célebre obra del filósofo prusiano Inmanuel Kant a fines de 1700, y también la gráfica de Jorge Miyagui en el disco, que “peruaniza” genialmente la estética asociada a aquella vieja obra.    
   
Jorge recoge ese camino, esa tradición y la actualiza. Se hace el cronista de los claroscuros de un Perú neoliberal autocomplaciente, que se niega a mirar las grietas y a escuchar los crujidos del cartón piedra de su escenario holibudense. Pero también de una izquierda incómoda con la memoria de caminos extraviados, carcomida por una irresponsabilidad tan antigua como insuperable, y aferrada a contradictorias vanidades personales.

Es una crítica implacable pero que no se desbarranca, sino que logra tomar justo a tiempo la curva cerrada de la reconciliación con nuestra humanidad. Es en este punto que el disco se inscribe plenamente en el siglo XXI, para superar la tradición y sus limitaciones. Un símbolo de esto es el significativo verso cantado con el emblemático hiphopero Pedro Mo en la canción “A botar la basura”, donde dice, en referencia a su abuela: “La vieja sabe que miente la radio, que miente la tele y que le miento yo”. A diferencia del siglo XX, la crítica incluye a quien critica, incluye al yo, algo impensable para nuestra tradición de izquierda hace tan sólo unas décadas atrás.

Otro ejemplo en este mismo sentido es el de la canción “Valor agregado”, que es una crítica a los anti valores competitivos del capitalismo neoliberal que no dejan lugar a relaciones personales sanas, basadas en el amor, pero también y al mismo tiempo a discursos y prácticas de militancia que bajo lemas altruistas han encubierto una idéntica incapacidad de generar y sostener relaciones personales sanas.  

Jorge logra el arte de trasmitir todo esto sencillamente, subordinando el filósofo de su formación universitaria al trovador y su arrolladora vocación popular. Lejos de esa incapacidad de comunicarse que algunos pretenden elevar a la categoría de erudición, Jorge se deja entender casi sin requisitos de formación previa, incluso cuando nos habla de Nietszche, el controvertido y rompedor filósofo alemán de fines del siglo XIX, a quien llama en el disco como “Federico” “faite” o “bandolero”.   

En ese mismo sentido, abundan las alusiones a dios y a personajes bíblicos -algo que indefectiblemente me recuerda la obra del gigante compositor peruano, Manuel Acosta Ojeda-, y que representan el uso afortunado de códigos culturales, más que religiosos o históricos, que se comparten y conectan con toda la población del Perú, de América Latina y gran parte del mundo actual.

A ello se suma otro rasgo de esta obra de Jorge que lo pone en lo que yo llamo la crítica del siglo XXI, y que lo conecta también con amplias mayorías de personas: la alegría. Que se ejerce sin permiso, ni del poder económico y represivo que nos oprime, ni de esa intelectualidad que pretendió que para ser críticos había que ser tristes y amargos. Enemigos de la injusticia, extraviaron el camino y se hicieron también enemigos de la alegría de vivir.

Incluso en este disco centrado en la crítica, la propuesta revolucionaria de Jorge, aunque necesariamente negadora de lo mucho que está mal, es finalmente convocante, afirmativa, alegre. Se las arregla para hacer resistencia a esa tradición que quiere que el precio de la dignidad sea la amargura. Se rebela también contra ella, como si se tratara de un mal dios o de un padre equivocado.

Esto, antes que nada, está en sus melodías, cuyo espíritu es mayoritariamente agradable y alegre, como ya comentamos. Pero también en sus mensajes. Si Jorge es el cronista de cansancios y dolores, lo es igual de las agitaciones del amor y del deseo. Se hace también el vocero, como dicen sus canciones en este disco, de “Apolos y Dionisios”, “besos tibios, mojados de eternidad”, “sonrisas que te di”, “soles que dicen en tus ojos”, “flores que crecen sin permiso” y “filósofos que se matan de risa”.

Termino por el principio.

La primera vez que escuché partes adelantadas de este disco, antes de estar terminado siquiera, me golpeó fuertemente una de sus canciones, me tocó emocionalmente de manera inmediata: “Para una crítica de la resignación”. Me dije: “es mi canción”, “es la canción de mi generación”. Vengo de Chile, pero hablo de una generación también peruana y latinoamericana, que ha travesado un mismo río de esperanzas y sacrificios en toda Nuestra América.

Tomo como una señal significativa que, coincidentemente, sea la canción más colectiva y generacional del disco, en que cantan junto a Jorge los talentosos Pedro Novoa y Yuri Boluarte, la soberbia Consuelo Romero y el maestro Omar Camino. Se trata de una canción cuya melodía hermosa y reflexiva, acompaña el relato de todos los intentos derrotados, las esperanzas frustradas, los caminos extraviados, los cariños perdidos, la fe desbaratada. Es la pintura del naufragio y de los restos de ese naufragio, político y personal, en que a veces veo a mi generación.

Pero no es el inventario que precede a la liquidación de la voluntad. Ni la lamentación que justifica la renuncia a la dignidad y la indignación. Es un reconocimiento sincero y redentor para afirmar la voluntad y el compromiso de la manera más libre imaginable.

Si en siglos anteriores se creyó afirmar los compromisos en visiones mecánicas de la historia que garantizaban un triunfo inevitable, prácticamente automático, ahora sabemos que no hay garantías, que nosotros hacemos la historia y somos responsables, que sí, que la derrota es una posibilidad. Ahora, nuestros compromisos nacen, y deben nacer, de la libre opción por lo que es correcto, lo que es ético, lo que debe prevalecer y prevalecerá por el bien de la vida.

Por eso, sin necesidad de dioses ni garantías mecánicas de la historia, a pesar de la más legítima tristeza; como dijo Salvador Allende: “con más pasión y más cariño, con calma, con absoluta tranquilidad”; decimos con Jorge Millones en su disco: “Aquí nadie se rinde, aquí está el corazón”.

Gracias, Jorge.

lunes, 2 de diciembre de 2013

CASO LÓPEZ MENESES A “EL VALOR DE LA VERDAD”


Una de las paradojas más notables del Perú neoliberal actual. Mientras buena parte de la población limeña miraba con ojos redondos el programa de Televisión “El valor de la verdad”, donde a cambio de grandes cantidades de dinero una ex modelo de playboy peruana contó al país sus amoríos con un famoso futbolista casado, se cumplieron varias semanas desde que fuera denunciado a la opinión pública el escándalo de una enorme custodia policial ilegal a Oscar López Meneses, un oscuro operador de la mafia dictatorial fujimontesinista, y no hay ni la más mínima información que aclare el grave caso.
Los contribuyentes peruanos, que simplemente parecen no tener derecho a saber cómo y por qué se gastaba de esa manera ilegal el dinero público para proteger casi con rango presidencial a un reconocido mafioso y corrupto, tienen en cambio la compensación de conocer con detalle toda la verdad de las escabrosas infidelidades de modelos playboy y futbolistas.
“El valor de la verdad” con las revelaciones intimas de la modelo playboy arrasa en audiencia y cobertura“noticiosa” por parte de los demás medios, la mayoría en manos de los mismos pocos dueños. Encima, con el valor agregado pedagógico que pretende entregar el conductor del programa, quien con pose de seriedad y voz impostada le dice en algún momento a la modelo playboy: “es muy sabio lo que dices”.
Habrá que pensarlo como un intento de aportar a la educación del país, declarada como “clave” por el presidente de la república en su discurso público, aunque en la práctica mantiene inamovible el presupuesto para ella en apenas el 3% del PBI, uno de los más bajos de toda la región. También mantiene al canal nacional del estado, que podría ser perfectamente una ventana de aire puro educativo y cultural, reducido al triste y tradicional papel de medio publicitario del gobierno de turno.
“El valor de la verdad” es en esencia la continuidad remozada y actualizada de la “prensa chicha” creada por la dictadura fujimontesinista y su versión televisiva: los talk shows de Laura Bozo, que trajeron la banalidad y la indignidad como mecanismos de producción y reproducción activa de des-ciudadanización de la población. Ciertamente, fueron y siguen siendo el subsistema cultural necesario, imprescindible para sostener en la cabeza de la población el andamiaje económico y político neoliberal construido por la dictadura y aceitado, perfeccionado y administrado hasta hoy por todos los gobiernos posteriores, con la muy breve excepción del gobierno de transición de Paniagua.
El mérito del “valor de la verdad”en este sistema de cosas es que mata dos pájaros de un tiro. Recoge el valor ético de la verdad, pero lo saca de cuestiones públicas incómodas como el caso López Meneses y lo lleva al terreno de las más bajas pasiones e indignidades humanas. Y, más importante aún, identifica y subordina la búsqueda de la verdad al valor supremo y rector del actual Perú neoliberal: la obtención a cualquier precio de ganancia material individual; el “dios dinero”, como lo acaba de llamar el Papa Francisco.
En el caso López Meneses, el Gobierno aparece asombrosamente impotente para imponer la pronta y transparente búsqueda de respuestas en lo que se supone son sus subordinados de la policía y el ejército, los cuales se han dedicado públicamente a echarse culpas y denuestos entre sí, oscureciendo aún más la verdad. Para colmo, la insólita propuesta oficial de investigar el delito, no ahora cuando ha ocurrido sino en la década del 90’ en que inicia su carrera el mafioso ilegalmente custodiado, no puede sino fortalecer las acusaciones y sospechas de turbias relaciones del propio gobierno con el mafioso y sus redes.
Entonces, ¿por qué no asumir con realismo la situación y en vez de mantener el triste espectáculo de un Congreso que no logra formar una comisión investigadora, entregar la investigación del caso a “el valor de la verdad”?
En cualquier caso, la población ya no podría quedar más ignorante y confundida sobre los hechos, de lo que lo está ahora; ya no podrían ser más oscuras y más impunes las relaciones del poder político en el Perú actual; y ya no podrían ser más débiles las instituciones del estado.
En otras palabras, no hay nada que perder y siempre se puede ganar un poco más de la monopólica, bien rentada y entretenida libertad de expresión al estilo del Perú neoliberal.

 



domingo, 27 de octubre de 2013

“El evangelio de la carne” Una crítica virulenta al Perú de la desprotección y la exclusión


La nueva película peruana “El evangelio de la carne” del director Eduardo Mendoza es, entre muchas otras buenas cosas, una crítica virulenta, descarnada, al Perú neoliberal oficial, que se pretende desesperadamente exitoso, moderno, desarrollado. Y como solo ocurre con el buen arte, lo hace con la sutileza del realismo, prescindiendo de discursos explícitos ideológicos o políticos. Simplemente muestra. Deja ver, nada más.
La construcción sólida, a ratos perfecta, de la mayoría de los personajes; el telón de fondo de los exteriores en una Lima tan natural que parece esa por la que transitamos por la mañana, casi sin darnos cuenta; pero sobre todo la rigurosa exposición de las motivaciones sociales, logran el milagro de hacer visible de manera irrebatible lo que la propaganda del poder y los complejos colectivos, bien alimentados por los monopolios mediáticos, buscan barrer debajo de la alfombra.
Se trata de seres marginales, de ese tercio de limeños y limeñas que alguna vez nos enteramos por cierta estadística apenas mencionada que están excluidos aún del alcantarillado para el agua potable, pero que al mismo tiempo están incluidos para disfrutar hipnotizados de la magia hídrica en colores del Parque de las aguas, a solo cuatro soles la entrada y dos soles la combi para bajar y volver al cerro.
Pero, aunque son una parte significativa de la sociedad, ciertamente no son la mayoría y como bien retrata la película, se mueven en las sombras y los bordes de la Lima oficial. Justamente, las sombras y los bordes incómodos y molestos, amenazantes, poblados de todo lo que nos asusta y de lo que huimos: la miseria que pone en cuestión la seguridad propia y de los que más amamos; el lugar de los perdedores en el Perú que sólo reconoce, despiadadamente, a los ganadores; la tragedia frente a la cual no tenemos ninguna capacidad de defensa, sobreviviendo al día como estamos todo el tiempo. Pero sobre todo, el delito, la conducta por definición más anti social y condenable. ¿Por qué entonces nos resultan tan accesibles e inmediatas sus historias y tragedias?
El sociólogo norteamericano Roger Merton definía esencialmente al delito como resultado de una paradoja. Por un lado el absoluto predominio, entre quienes delinquen, de los fines capitalistas: la competencia despiadada, el éxito en competir y vencer a los demás y en obtener lucro como los valores supremos ordenadores que dan identidad y sentido a la vida. Por otro, la negación estructural de los medios para lograr esos fines por vías legales para un sector de la población marginada y excluida, y que, enfrentada a esta paradoja, puede o no optar por la delincuencia, haciéndolo finalmente muchos de ellos.
En esos fines hegemónicos compartidos radica nuestra inmediata comprensión y hasta identificación con los personajes. Buscan lo mismo que nosotros, a fin de cuentas, aunque lo hagan por otros medios que normalmente, o públicamente, condenamos. No importa que vistamos o hablemos diferentes, o que no reparemos en ellos cotidianamente; no importa cuánto temamos y busquemos huir de ellos y su lugar. Finalmente, la atmosfera social que ellos respiran es exactamente la misma que respiramos. Reconocemos de inmediato y sin esfuerzo el ambiente hostil, donde hasta nuestras relaciones personales familiares están debilitadas o rotas por la lucha inmisericorde por competir y ganar recursos siempre escasos e inciertos. Nos resultan accesibles sin ningún esfuerzo la inseguridad y la desprotección que viven, los mínimos humanos abandonados a la suerte de cada cual. La ausencia de un país y una sociedad que sea comunidad y no un indiferente sálvese quien pueda, no te quedes atrás, haz lo que sea.
Si “lo social” es esencialmente el conjunto de sentidos y valores compartidos que dan cohesión, que constituyen una comunidad, el realismo de la película hace evidente, por más que requiera una segunda lectura atenta, el carácter de suyo anti social, contrario a lo social, disolvente de lo social, de los valores predominantes en el Perú actual. La estresante lucha despiadada por sobrevivir o mejorar la vida; la soledad aplastante de un mundo signado por la indiferencia hacia los demás; la mercantilización extrema, donde contradictoriamente hasta las relaciones que consideramos espirituales, más íntimas y afectivas, y aún las religiosas, son mediadas y finalmente subordinadas por la materialidad inhumana del dinero.
En esa radical disolución de lo social, de pérdida de sentidos compartidos, de comunidad, los seres humanos sin embargo se aferran desesperadamente a la construcción, aunque sea a escala micro social, en sub mundos y sub culturas, de esos valores, sentidos e identidades comunes. La barra brava, la comunidad religiosa, la asociación micro económica informal o delictiva, son todos reemplazos imprescindibles de esa comunidad país en disolución y fragmentada. Ante la ausencia de “meta relatos”, como los llama la intelectualidad posmoderna, surgen micro relatos como repliegues tribales en busca desesperada de algo de protección, seguridad, comunidad, afectos. La película entera puede leerse también como un mar agitado o un magma candente en que salpican violentamente los flujos y contra flujos de esa disolución y recomposición de lo social.            
El telón de fondo del orden social capitalista neoliberal aparece en la película con la fidelidad del documental, al borde del género fotográfico, silencioso, sin aspavientos, naturalizado, tal cual opera en la realidad. El filme toma la forma de lo que describe y por eso su realismo está exento de toda fórmula explícita, en ese estricto sentido se puede decir que es despolitizado, como lo son en la realidad los personajes que nos muestra.
Por eso, la película puede ser también, si se quiere, únicamente un muy buen filme policial dramático. Y aquí no ha pasado nada.

Ricardo Jimenez A.