Se viraliza en Estados Unidos una campaña para que Donald Trump envíe a su hijo Barron, de 19 años, a luchar en la guerra de agresión que ha desatado contra Irán, como deben hacer muchos hijos del pueblo norteamericano. También entre simpatizantes de izquierda y analistas progresistas de redes sociales se presenta la tendencia de esperar y reclamar -desde la seguridad de los podcasts, artículos web y chats de Whatsapp- a otros pueblos y fuerzas revolucionarias que decidan emprender guerras, sufrir bombardeos sobre sus propios niños, enfrentando a las muy superiores fuerzas militares del imperialismo. Así le ocurre hoy a Venezuela y sus fuerzas chavistas revolucionarias.
Por supuesto, la opinión es sagrada, aunque opinar con responsabilidad y prudencia, especialmente cuando se trata de pueblos que han venido enfrentando por años y décadas al imperialismo y sufriendo por ello toda clase de agresiones, padecimientos y calamidades, es mejor.
El problema, hasta cierto punto, es lógico, normal. Duelen los golpes del enemigo, sobre todo cuando son cobardes e inesperados. Frustra la impotencia momentánea en determinadas correlaciones de fuerzas abrumadoramente adversas. Y es escasa la capacidad de hacer concesiones temporales difíciles, sin traicionar principios. Llevamos mecanismos defensivos de pesimismo y desconfianza, después de ser cien veces traicionados. Precisamente, por eso, entre otras cosas, los líderes revolucionarios de talla colosal y los procesos revolucionarios mismos son excepcionales y no la norma.
El problema no es nuevo. Y, justamente, a esa perspectiva histórica dedicaremos las siguientes líneas. Concientes que, en el caso actual de Venezuela, el General Tiempo, ahora en modo “viejo topo”, terminará imponiendo su veredicto final, disipando el humo mediático y ligero que hoy nubla muchos análisis.
Vale una advertencia. Para que la perspectiva histórica pueda aportar, debe realizarse el ejercicio de imaginarse uno en el momento histórico como si fuese actual y, con sinceridad, mirar cómo habría reaccionado. No sirve la ligereza de la respuesta fácil por la cual todos somos generales después -y no antes ni durante- la guerra.
Es bien sabido que la autoridad, especialmente, cuando emana de la confianza y la admiración, pesa como argumento, incluso en aquellas personas movidas por las pasiones y estados anímicos del momento. Hagamos, pues uso de ese recurso, concientes de todos los riesgos del caso.
Cuando en medio de la primera guerra mundial, se derrocó a los zares rusos y asumió un débil gobierno socialdemócrata, para inicios de 1917, Lenin era un político revolucionario ruso en el exilio en Suiza, desesperado por retornar a Rusia y agitar la revolución bolchevique. La oportunidad le vino por la oferta inesperada del Kaiser Alemán Guillermo Segundo, quién tenía las manos manchadas con la sangre de los comunistas alemanes a los que había reprimido duramente y que además era el enemigo de Rusia en la primera guerra mundial, causante de la muerte de millones de soldados campesinos y obreros rusos.
Los alemanes, con la finalidad de que el desorden interno debilitara a Rusia, su enemiga en la guerra, ofrecieron a Lenin un “tren sellado” (metáfora para señalar que Lenin debía aceptar no hablar con nadie, especialmente los obreros alemanes, durante su viaje) que lo llevara seguro desde Suiza, a través de Alemania, Suecia y Finlandia, para finalmente, entrar en Rusia, como un virus político metafórico, enviado por los alemanes. Lenin aceptó la oferta, a pesar de esos crímenes de su aliado del momento (táctico) pero enemigo permanente (estratégico). Esto trajo el rumor muy difundido de que Lenin era un traidor y un “agente alemán”. El libro documentado de Pearson (1975) y la película basada en él (Damiani, 1988), muestran como numerosos revolucionarios exiliados rusos insultan a Lenin y su reducido grupo de compañeros, al tomar el tren en Zúrich.
Cuando los revolucionarios bolcheviques, con Lenin a la cabeza, triunfaron, meses después, volvieron a pactar con el Kaiser para lograr la urgente salida de la exhausta Rusia de la guerra. Para ello, se vieron obligados a entregar a Alemania el 26% del territorio ruso en ese momento, con el 34% de su población, el 32% de su tierra agrícola y el 54% de la industria, incluyendo regiones de las actuales Finlandia, Polonia, Ucrania y Países bálticos, por el infame Tratado de Brest-Litovsk de 1918. El tratado era tan oprobioso que León Trotsky, encargado de las negociaciones, se negó a firmarlo y solo a insistencias totales de Lenin se terminó firmando por otra delegación (Trotsky, 1918).
Esto confirmó para muchos en la izquierda mundial del momento que Lenin era un “agente alemán”. Ciertamente, después de la derrota final de Alemania en esa primera guerra mundial, el gobierno soviético declaró nulo el tratado. Y los vientos de la opinión mayoritaria de la izquierda cambiaron, considerando “brillante” aquellas concesiones de Lenin al enemigo, que antes habían condenado y que el tiempo mostró transitorias, temporales.
Diez años después, en medio de las convulsiones de la reciente y débil república China, en 1927, el general nacionalista Chiang Kai-Shek, dirigente del partido Kuomintang, hasta entonces aliado de los comunistas, desató una sorpresiva y cruenta represión contra ellos, con masacres en varias ciudades del país, que en Shangai alcanzaron el asesinato de doce mil personas. Se inició así una despiadada y larga guerra civil entre ambos, nacionalistas y comunistas.
Una década después, en 1937, Japón invadió China. El líder comunista chino, Mao Tse Tung, propuso a su enemigo, Chiang Kai-shek, con las manos manchadas de sangre de miles de sus camaradas, una alianza táctica para cesar la lucha entre ambos bandos y enfrentar únicamente al invasor japonés. Tal era el odio entre ambos bandos, que muchos comunistas, comprensiblemente, se opusieron y condenaron semejante alianza como una traición. Incluso, el propio Chiang Kai-Shek se negó y sólo la aceptó cuando generales suyos lo tomaron prisionero y lo obligaron a aceptarla. Buena parte de la izquierda de entonces consideró inaceptable y una traición ese proceder de Mao y los comunistas chinos.
El triunfo final de Mao, en 1949, mostró que aquellas concesiones eran pasajeras y trajo la amnesia sobre las estentóreas condenas de sectores de la izquierda, que, a partir de entonces, las defendió inapelablemente como muestra de la “indudable” genialidad del líder revolucionario. Igual que en el caso de Lenin, la posterior victoria revolucionaria de Mao borró del registro histórico oficial las generalizadas y fuertes críticas morales, del todo comprensibles en el momento, a su alianza con quienes tenían las manos manchadas con la sangre de sus propios camaradas y del pueblo (Van Slyke, 1967). Y, de hecho, hoy prácticamente nadie pone en duda la odiosa necesidad del momento y la correlación adversa de fuerzas, que las motivaron.
Pero acerquémonos más en el tiempo. Aunque ahora parezca difícil de creer, el presidente chileno, Salvador Allende, antes de su heroico martirio en 1973, cuando su gobierno enfrentaba las agresiones golpistas e imperialistas, debía enfrentar, simultáneamente también, estas mismas incomprensiones y exigencias que hoy enfrenta Venezuela, su pueblo y sus revolucionarios. Ante lo cual respondía con estas palabras:
“¿Por
qué, por ejemplo, un país como es la República Popular China, poderoso país,
extraordinariamente poderoso país, ha tenido que tolerar la realidad de que
Taiwán, o sea Formosa esté en manos de Chiang Kai-Shek? ¿Es que acaso la
República Popular China no tiene los elementos bélicos, por así decirlo, lo
suficientemente poderosos para haber, en dos minutos, recuperado Taiwán,
llamado Formosa? ¿Por qué no lo ha hecho? Porque, indiscutiblemente, hay
problemas superiores de la responsabilidad política; porque el proceder así
colocaba a la República Popular China en el camino de una agresión que podría
haber significado un daño para el proceso revolucionario, y quizá una
conflagración mundial…
¿Quién puede dudar de la voluntad de acción, de la decisión, de la conciencia revolucionaria de Fidel Castro? ¿Y por qué la Bahía de Guantánamo no la ha tomado? Porque no puede ni debe hacerlo, ni debe hacerlo, porque expondría a su revolución y a su patria a una represalia brutal… Entonces, uno se encuentra a veces con jóvenes, y los que han leído el Manifiesto Comunista, o lo han llevado largo rato debajo del brazo, creen que lo han asimilado y dictan cátedra y exigen actitudes” (Allende, 1972).
El propio Allende había hecho un camino previo para superar en sí mismo esos prejuicios ligeros, como lo relata él mismo:
“Yo
llegué a La Habana en los primeros días del triunfo de la revolución cubana.
Naturalmente, tenía interés en conocer la realidad de ese proceso. Pero debo
confesar que me produjo una cierta inquietud. Vi en el aeropuerto y en las
calles a muchos policías, algunos de ellos venidos de Miami, y pensé que
aquello no correspondía exactamente a la idea que yo tenía de una revolución
triunfante.
Entonces
yo, al día siguiente, pensé tomar el avión y regresar a Chile, cuando me
encontré con Carlos Rafael Rodríguez, a quien había conocido en Chile y me
dijo: ‘¿Qué estás haciendo acá?’ Le dije: ‘Vine a ver esta revolución, pero
como no hay tal revolución, me voy. ¿Qué revolución va a ser ésta cuando están
los policías de Miami?’
Entonces
me dijo: ‘Cometes un error, Salvador, quédate aquí, conversa con los
dirigentes.’ Le dije: ‘No, no, me voy.’ Pero me insistió tanto, con tanta
fuerza, que le dije: ‘Conforme, pero ponme en contacto con los dirigentes.’
Me
dijo: ‘El comandante Guevara le va a mandar su automóvil.’ Y, efectivamente,
fui a ver al Che Guevara. Conversamos largamente. Después, él me conectó con
Raúl Castro y, posteriormente, fui a ver a Fidel.
Debo decir que esa experiencia cambió profundamente mi apreciación inicial. Comprendí entonces que la revolución cubana tenía características propias, que no podían ser juzgadas superficialmente, y que respondía a una realidad histórica concreta” (Allende, 1971).
Vamos más cerca aún. Nicaragua, 1990. Tras una implacable guerra de los “contras” paramilitares ex somocistas, financiados y digitados desde Washington y caído el bloque soviético que servía de aliado internacional, los revolucionarios sandinistas enfrentaron duras derrotas electorales en 1990, 1996 y 2001.
Daniel Ortega, comandante sandinista, guerrillero sandinista desde los 15 años y con un hermano asesinado en la lucha, rompe el ciclo de derrota electoral, implementando una estrategia de cooptación territorial y articulación pragmática de liderazgos provenientes de la contrarrevolución, los ex contras somocistas, cuyas manos estaban manchadas con la sangre del pueblo y el sandinismo. Sectores sandinistas acusan traición y abandonan el movimiento (muchos terminarán, con el tiempo, regresando al sandinismo; otros, sumándose al golpismo pro imperialista).
Daniel y los sandinistas lograron el triunfo electoral en 2006, 2011, 2016 y 2021. También hacer pasar a Nicaragua de los peores indicadores sociales de la región, con la derecha, a los mejores, con el sandinismo (Osegueda, 2020; Pastrán, 2026). Venciendo, simultáneamente, con el apoyo de su pueblo, agresiones imperiales, levantamientos golpistas (Ayerdis, 2019) y virulentas campañas mediáticas de calumnias, hasta hoy (Castellón & Aráuz, 2025).
Estos pocos casos, notorios y extremos, ilustran un principio que opera en innumerables otros ejemplos históricos similares. Y sirven para reflexionar con madurez y serenidad que las políticas de alianzas tácticas con enemigos políticos, incluso con las manos manchadas con sangre del pueblo, son una posibilidad, una necesidad odiosa impuesta por las circunstancias y la correlación de fuerzas adversa, para la cual no existen reglas infalibles, y debe ser definida, con todo el riesgo inevitable, en cada caso.
No sirven los aspavientos de superioridad moral ni las admoniciones ligeras. Los argumentos morales siempre importan, más aún, son imprescindibles, pero no son los únicos y deben sopesarse y complementarse con las limitaciones impuestas por la realidad y los objetivos superiores que buscan alcanzarse en el momento, a veces urgente y vitalmente. Como se ha dicho acertadamente, la pregunta más importante no es con quién se hace alianza sino para qué y qué circunstancias y limitaciones la obligan.
Por supuesto, como ocurre con casi todo en política, siempre es una apuesta y no hay garantías de triunfo para las decisiones difíciles. Así ocurrió, en su momento, con Lenin y Mao, que, de no haber obtenido la victoria, seguramente habrían sido juzgados más duramente por esas alianzas difíciles y sospechosas, hoy aprobadas y celebradas. Vale recordar a este respecto las palabras de Fidel Castro, cuando la caída del Che Guevara en Bolivia generalizó la crítica en su contra como “equivocado” y “foquista” en buena parte de la izquierda. En ellas, Fidel denuncia esta reacción casi mecánica, entre golpes del enemigo y derrotismo, en parte de quienes se reclaman como compañeros:
“Los
seudorrevolucionarios, oportunistas y charlatanes de toda laya, que
autoconceptuándose marxistas, comunistas y otros títulos por el estilo, no han
vacilado en calificar al Che de equivocado, aventurero, y cuando más
benignamente, idealista, cuya muerte es el canto de cisne de la lucha armada
revolucionaria en América Latina. ‘¡Si el Che -exclaman-, máximo exponente de
esas ideas y experimentado guerrillero, fue muerto en las guerrillas y su
movimiento no liberó a Bolivia, eso demuestra cuán equivocado estaba…!’…
Che conocía por su experiencia en Cuba cuántas veces nuestro pequeño destacamento guerrillero estuvo a punto de ser exterminado. Pudo ocurrir así en dependencia casi absoluta de los azares e imponderables de la guerra, mas, tal eventualidad, ¿habría dado a nadie el derecho a considerar errónea nuestra línea y tomarla además como ejemplo para desalentar a la revolución e inculcar en los pueblos la impotencia?” (Castro, 1968).
En conclusión, frente a estos dilemas difíciles, se precisa aún
más madurez y seriedad que nunca en el análisis, especialmente bajo el impacto emocional
de fuertes golpes del enemigo y su odiosa superioridad en la correlación de
fuerzas. Y tiempo. Saber que el tiempo está corriendo y hay verdades que, como
las flores y los árboles, son un proceso y no se muestran instantáneamente. Sigamos
pues formándonos, preparándonos, para esta misma lucha que atraviesa las
generaciones y que el camarada tiempo, siga entonces, haciendo su buena labor de
mostrar las cosas, en toda la línea.
Referencias
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