lunes, 27 de agosto de 2018

Xenofobia hacia venezolanos es profundamente anti patriótica



La xenofobia hacia inmigrantes venezolanos que algunos actores políticos irresponsables muestran por estos días en Perú, no solo es inmoral, sino profundamente anti patriótica.   

Es un hecho que esta particular oleada inmigratoria venezolana fue provocada intencionalmente por la irresponsabilidad histórica del gobierno anterior de PPK, que cometió la imperdonable negligencia de rebajar la normativa migratoria a fines de propaganda ideológica, contrariando los preceptos técnicos y de derechos humanos básicos a considerar en esta materia. 

También es un hecho que al menos 60 mil peruanos que en años anteriores migraron a Venezuela, aún permanecen allí, según cifras oficiales del estado peruano[1]. Señal innegable que pone en cuestión el carácter de hecatombe terminal de la crisis económica en ese país, en el que insisten las grandes cadenas mediáticas.       

Más allá de ello, hay quienes en Perú han visto un buen negocio político electoral en mostrar públicamente xenofobia hacia los venezolanos. Sin importarles que con ello rebajan la ciudadanía y los valores morales de su propia gente, despertando los peores anti valores y las más bajas pasiones egoístas e insolidarias. Tampoco que todavía, según cifras oficiales, haya casi dos millones y medio de peruanos residiendo en otros países[2], a los cuales les sería trágico sufrir una xenofobia similar.

Bicentenario

Pero, justamente ahora que el Perú se acerca a su bicentenario de la independencia anticolonial, resulta necesario destacar que esas expresiones xenófobas hacia los venezolanos son también profundamente contrarias al auténtico significado histórico y político de esta conmemoración patriótica.

En 1822, cuando aún hollaban los suelos suramericanos las fuerzas militares del contumaz poder colonial español, los líderes patriotas de los pueblos en lucha por su emancipación, supieron diseñar y ejecutar la tarea estratégica, imprescindible al desarrollo y felicidad, de coaligar formalmente las nacientes repúblicas.

Se trata del Primer Tratado de Unidad Suramericana. Fruto y evidencia de la convergencia esencial entre los dos grandes libertadores suramericanos y del Perú, Simón Bolívar y José de San Martín, formalización lógica y consecuente de su comunión de lucha y del objetivo compartido de integración continental, el “Convenio de unión, liga y confederación perpetua” entre Perú y la Gran Colombia[3].

Siendo ministros plenipotenciarios, por el gobierno de San Martín en Perú, Bernardo de Monteagudo, y por el gobierno de Bolívar en Colombia, Joaquín Mosquera. Se trataba de la más plena unidad militar, comercial y ciudadana, que hacía fundirse los derechos y deberes de peruanos y gran colombianos en todos los planos como uno solo y que se ofrecía a todos los demás Estados del continente. 

El 1° de mayo de ese año 1822, Mosquera arriba a Perú con su misión diplomática, definida en los siguientes términos por Bolívar: “la asociación de los cinco grandes Estados de América para formar una ‘nación de repúblicas’, objetivo tan sublime en sí mismo que no dudo vendrá a ser motivo de asombro para Europa. La imaginación no puede concebir sin pasmo la magnitud de un coloso que, semejante a Júpiter de Homero, hará temblar la tierra de una ojeada. ¿Quién resistirá a la América reunida de corazón, sumisa a una Ley y guiada por la antorcha de la libertad?”.[4]

La alusión a los cinco países en la cita, se refiere inequívocamente a la Gran Colombia de entonces, que incluía a Venezuela,  Ecuador y Panamá; al Perú de entonces, que incluía a Bolivia y parte de Argentina. Y a la explícita instrucción de proyectar el Tratado a Chile y las entonces Provincias Unidas, actuales Argentina, Uruguay y Paraguay.

Para aquilatar la visión de futuro del Libertador en esta temprana misión unitaria, cuando aún no se ha derrotado completamente al poder colonial español, cabe señalar que se trataba, en su intención e instrucciones a Mosquera, de incluir en el Tratado los territorios y pueblos de nueve de las actuales doce repúblicas suramericanas independientes que conforman la totalidad suramericana de la actual UNASUR, con solo Brasil (entonces monarquía constitucional y esclavista, formalmente independiente, bajo monarca portugués), Guyana y Surinam (entonces colonias inglesa y holandesa, respectivamente) no consideradas, además de Panamá que por entonces no existía y sería separada de Colombia a inicios del siglo XX.

Que el Tratado no era una simple declaración de intenciones o formalización de solidaridad ante el enemigo común, y que más aún, no se limitaba siquiera a la pura alianza de defensa, sino que se convertía en un instrumento ejecutivo de integración amplia y estructural, lo muestra el propio tenor de su texto que habla de un “Tratado de Unión, Liga y Confederación de paz y guerra... para asegurar la independencia americana, entre Colombia y Perú... para sostener con su influjo y fuerzas marítimas y terrestres... su independencia de la nación española y de cualquier otra dominación extranjera, y asegurar, después de reconocida aquella su mutua prosperidad, la mejor armonía y buena inteligencia, así entre sus pueblos, súbditos y ciudadanos, como con las demás potencias con quien deben entrar en relaciones”[5]. 

Consecuente con la permanente lucha programática por la unidad continental, “los libertadores de Colombia y Perú se obligaban formalmente a interponer sus buenos oficios con los gobiernos de los demás Estados de la América antes española, para entrar en este Pacto de unión, liga y confederación perpetua”[6].    

Ciudadanía suramericana

Impuesta por las necesidades de la hora, el Tratado establece, en primer lugar, la alianza conjunta militar y de defensa (letra a). También la unión comercial (letras c y d). Establece también mecanismos conciliatorios y pacíficos para desacuerdos limítrofes al interior de la confederación, y la defensa conjunta del sistema democrático republicano, ante amenazas en cualquiera de los Estados (letras e y f).      

Pero el Tratado establece, además, algo de trascendencia inconmensurable. Por primera vez en la historia republicana, crea la ciudadanía suramericana: “...los ciudadanos de Perú y de Colombia gozarán de los derechos y prerrogativas que corresponden a los ciudadanos nacidos en ambos territorios, es decir, que los colombianos serán tenidos en el Perú por peruanos y éstos, en la república, por colombianos” (letra b).

Normativa  que igualaba en fuerza y unión a los estados del sur con la poderosa confederación de estados del norte de América, que dejaba simplemente sin significado el propio concepto de migración entre los pueblos suramericanos y haría impensable las actuales manifestaciones de xenofobia hacia venezolanos en Perú.

Vigencia

El tratado fue publicado en Perú por medio de una “Gaceta extraordinaria” por expresa instrucción de San Martín, cuyo gobierno lo aprobó el 15 de julio. En Colombia, la fuerte oposición a Bolívar logra demorar su aprobación por el senado hasta el 12 de julio del año siguiente, 1823.

Ciertamente, la caída del Ministro Bernardo de Monteagudo en Perú, y el auto exilio de San Martín, así como la conspiración contra Bolívar y su proyecto de federación suramericana, tanto en Perú como en Colombia, terminaron por derrotar la aplicación del Tratado.

Sin embargo, queda como uno de los primeros y más grandes hitos en la memoria continental de unidad e integración y como prueba irrefutable del programa continental de la revolución patriótica anticolonial.

Dos años después, en diciembre de 1824, dos días antes de la batalla de Ayacucho, que habría de sellar estratégicamente la independencia continental del poder colonial español, Bolívar y su Ministro peruano, José Faustino Sánchez Carrión[7], firman el Decreto del gobierno peruano donde convocan a los gobiernos de Chile, Perú, las Repúblicas Unidas (actual Argentina), México y Guatemala, al Congreso de constitución de la Federación Suramericana, teniendo como sede el istmo de Panamá, entonces parte de la Gran Colombia. 

En el llamamiento al famoso “Congreso Anfictiónico de Panamá”, traen a la memoria el señero primer Tratado de Unidad Suramericana, realizado entre los libertadores de tres y cinco repúblicas, Bolívar y San Martín, en 1822: “El gobierno del Perú celebró en 6 de julio de aquel año un tratado de alianza y confederación con el plenipotenciario de Colombia; y, por él, quedaron ambas partes comprometidas a interponer sus buenos oficios con los gobiernos de la América, antes española, para que entrando todas en el mismo pacto, se verificase la reunión de la asamblea general de los confederados”[8].

Por esos mismos días, se publica un Ensayo que celebra y llama vehementemente a sostener la iniciativa: “Ningún designio ha sido más antiguo entre los que han dirigido los negocios públicos, durante la revolución, que formar una liga general contra el común enemigo y llenar, con la unión de todos, el vacío que encontraba cada uno en sus propios recursos...”[9]. Quien lo escribe no es otro que el mismo que actuara como plenipotenciario del Perú en el histórico Primer Tratado: Bernardo de Monteagudo.

Fiel a su concepción de radical inclusión e igualdad social, anti oligárquica, como componente de esta unidad continental, Monteagudo agrega: “...el año 25 se realizará, sin duda, la federación hispanoamericana bajo los auspicios de una asamblea cuya política tendrá por base consolidar los derechos de los pueblos y no los de algunas familias que desconocen, con el tiempo el origen de los suyos”[10].

Apenas publicado el Ensayo, el último gesto revolucionario de uno de los firmantes del Primer Tratado de Unidad Suramericana, este ilustre, aunque extremadamente polémico patriota, fue asesinado en Lima, sin que pudiese esclarecerse nunca a los autores intelectuales. Poco antes, había escrito en las trincheras periodísticas patriotas su epitafio: “Yo no renuncio a la esperanza de poder servir a mi país, que es toda la extensión de América”[11]. 

Todo un símbolo del auténtico proyecto patriótico que está próximo a conmemorar dos siglos en Perú y un indicador incontestable del carácter profundamente anti patriótico de la actual xenofobia hacia los venezolanos.



27 de agosto de 2018.
Ricardo Jiménez A.




[1] Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) (2017). Estimación y Análisis de la Migración Internacional, Según Diversas Fuentes. Síntesis metodológica. Perú: Autor. Págs. 30 y 32.
[2] Ibíd. Pág. 32.
[3] Tratado de Alianza Colombia – Perú, firmado en Lima el 6 de julio de 1822, ratificado el 15 de julio de 1822. En: Documentos Archivo General San Martín. Comisión Nacional del Centenario. Buenos Aires, Argentina. Coni Hermanos. 1910. 12 volúmenes. Preámbulo. Tomo VI. Pág. 537. 
[4] Instructivo de Convocatoria para el Tratado de Unión. Simón Bolívar. En: Ibarguren, Carlos. San Martín íntimo. Buenos Aires, Argentina. Dictio. 1977. 
[5] Tratado de Alianza Colombia – Perú, firmado en Lima el 6 de julio de 1822, ratificado el 15 de julio de 1822. En: Documentos Archivo General San Martín. Comisión Nacional del Centenario. Buenos Aires, Argentina. Coni Hermanos. 1910. 12 volúmenes. Preámbulo. Tomo VI. Pág. 537.  En realidad, eran dos tratados complementarios, firmados simultáneamente, de 12 y 9 artículos, respectivamente.  
[6] Pérez, Antonio. Ideología y acción de San Martín. Eudeba. Buenos Aires, Argentina. 1966. Pág. 52.
[7] “El señor Carrión tiene talento, probidad y un patriotismo sin límites”. Carta de Simón Bolívar a Francisco De Paula Santander. 23 de febrero de 1825. Citado en Alva, Luis & Ayllón, Fernando. Selección y prólogo. En defensa de la patria: José Faustino Sánchez Carrión (Selección de escritos de José Faustino Sánchez Carrión). Pág. 3.
[8] Porras Barrenechea, Raúl. El Congreso de Panamá (1826). Imprenta la Opinión Nacional. Lima, Perú. 1930. Págs. 3 a 6. 
[9] Monteagudo, Bernardo. Ensayo sobre la necesidad de una Federación General entre los Estados Hispanoamericanos y Plan de Organización. Enero de 1825. Citado en: Galván, C. Monteagudo, ministro y consejero de San Martín. Claridad. Buenos Aires, Argentina. 1950. Pág. 243.  
[10] Ibíd. Pág. 244.
[11] Monteagudo, Bernardo. En: Galazo, Norberto. Seamos libres y lo demás no importa. Vida de San Martín. Ediciones Colihue. Argentina. 2000. Pág. Pág 473.

lunes, 9 de octubre de 2017

El Arte de ser el Che


Entre los extraordinariamente múltiples talentos del Che: éticos, políticos, intelectuales y militares, frutos de su voraz afán por desarrollar constantemente al máximo posible su humanidad, se encuentra también su dimensión artística.

El sábado pasado, 7 de octubre, en el espacio “Juglares” en Lima, animado por el trovador Jorge Millones, durante un hermoso recital de canto y poesía para celebrar el regalo que ha sido la vida, la lucha y el ejemplo del Che, fue también una estupenda ocasión para profundizar y disfrutar de esta fundamental dimensión artística suya.

La importancia del arte para el Che puede graficarse en el hecho de que, en medio de las terribles dificultades, sacrificios y escaseces de la guerrilla en Bolivia, llevaba en su mochila un cuaderno con poesías de Pablo Neruda, César Vallejo, León Felipe y otros poetas.

Los más grandes poetas, entre ellos el mismo Neruda, Benedetti, Cortázar, Guillén y muchos otros, le correspondieron, a su vez, con versos que expresaron la pena y la admiración, cuando su partida física sacudió a los pueblos del mundo entero, sin excepción. Como lo muestra el hecho extraordinario que a mediados de la década de 1960, cuando el movimiento político de los afroamericanos en Estados Unidos alcanzaba sus expresiones más radicales, virulentas y hasta sectarias, el único retrato de un líder no afroamericano que, no solo era admitido, sino públicamente admirado, era el del Che.       

Su ejemplo se ha vuelto desde entonces una fuente de inspiración que no cesa. Siguen los poetas cantando su paso por el mundo. Muchos fueron también guerrilleros, como Roque Dalton, Leonel Rugama y Tomás Borge, entre otros.   

Existen poesías del propio Che, previas a la expedición guerrillera del Granma, en las que le habla a Fidel - casi premonitoriamente de la que sería después su imagen más conocida - de “frente plena de martianas estrellas”. Durante su vida como cuadro dirigente de la revolución cubana, en el ejercicio de diversos cargos, era usual que citara o leyera poesías en medio de sus discursos públicos, como por ejemplo la de Rabindranath Tagore.

Inagotable ha sido también su inspiración en el canto, que ha encontrado en el Che uno de los tópicos más sublimes y colectivos de la humanidad. Desde las sencillas coplas campesinas hasta la trova y el rock.

En el libro “Canto épico a la ternura”, Rony Feliú, Director cubano de la Revista Tricontinental, ha recopilado 150 canciones de 16 países directamente creadas para el Che. En una entrevista reciente, Silvio Rodríguez habla de siete de sus canciones para el guerrillero heroico. La canción “Hasta siempre, Comandante” del cubano Carlos Puebla es ya un himno latinoamericano. 

La banda de rap metal estadounidense Rage Against the Machine (Odio contra la máquina), que se caracteriza por sus mensajes de crítica social y política, usó la más icónica imagen del Che, con boina y mirando el horizonte, para la portada de su primer disco.     

Desde la escultura, la pintura, la fotografía, el mural y todas las formas concebibles del arte visual, la imagen del Che se ha generalizado a la cultura pop, incluyendo su presencia en tatuajes, banderas de barras de fútbol, camisetas, zapatillas y toda clase de productos mercantiles. Se ve en ello muchas veces una distorsión contraproducente. Pero representa también un plano mucho más amplio de su influencia y simbolismo ético primordial, acaso incluso inconsciente, aunque necesariamente menos denso y menos definido ideológicamente. 

El denominado séptimo arte también sabe de su paso. En 1969, apenas caído el Che, se estrenó la película “Ché!”, dirigida por Richard Flischer y groseramente manipulada por la Central de Inteligencia norteamericana, CIA, para desprestigiar al revolucionario. La película fue prohibida en Argentina debido a su evidente impronta fascista. Omar Sharif, afamado actor que interpretó al Che en ella, ha lamentado públicamente haberlo hecho, calificándolo como el mayor error de su vida.  

En 2004, se estrenó la película “Diarios de motocicleta”, dirigida por Walter Salles y protagonizada por Gael García Bernal, que relata los viajes juveniles de Ernesto Guevara por América del Sur en 1952. Ganó más de veinte premios internacionales.    

En 2008, se estrenó la película “Che”, dirigida por Steven Soderbergh y protagonizada por el actor Benicio del Toro. Aplaudida por la crítica y el público, muestra la vida del Che en dos partes; la primera (“El Argentino”) en la lucha guerrillera cubana y la segunda (“Guerrilla”) en la lucha guerrillera en Bolivia. 

Se está por estrenar en Japón, y se anuncia para noviembre en Cuba y Bolivia, la película “Ernesto”, centrada en la vida de Freddy Maymura, joven estudiante de medicina,  boliviano de padres japoneses, que cayó en la lucha guerrillera del Che en Bolivia, usando como nombre político el que da título a la película. Dirigida por el japonés Junji Sakamaoto, es una producción japonesa rodada en Cuba y en español.

En el campo del vídeo documental, existen literalmente innumerables documentales centrados en diversos aspectos de la vida y lucha del Che, cuyo núcleo podría encontrarse en la producción cubana de más de cuarenta documentales del más alto valor fílmico, histórico y político.      

Artista de sí mismo

Existe consenso, finalmente, que la mayor dimensión artística del Che fue él mismo. Una idea que asoma en esta frase que escribió en una carta de despedida a sus padres, antes de emprender los que serían sus últimos proyectos guerrilleros: “…una voluntad que he pulido con delectación de artista.”

Una idea que se reafirma con singular belleza en uno de los más conmovedores documentos que se hayan hecho para el Che, la carta de despedida para él de Haydée Santamaría, la legendaria revolucionaria cubana:

     “…este gran pueblo no sabía que grados te pondría Fidel. Te los puso: artista.  Yo pensaba que todos los grados eran pocos, chicos, y Fidel, como siempre, encontró los verdaderos; todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo”.
 
           

viernes, 6 de octubre de 2017

Che, memoria y destino continental en Perú



· 

Este sábado 7 de octubre en la noche, en el distrito de Lince en Lima, se realizará un recital de canto y poesía en conmemoración de los cincuenta años de la caída de Ernesto “Che” Guevara en la lucha guerrillera. Se me ha invitado gentilmente a hacer un comentario de presentación en la ocasión, tarea que asumo con gusto y responsabilidad.

Parte de las reflexiones sobre el Che que quiero compartir ahí tratan sobre la relación relevante que el Perú como país y como pueblo tuvo con el Che.

En 1952, el joven practicante de medicina Ernesto Guevara hace un largo viaje como “mochilero” por Suramérica en compañía de un amigo. Deja registros escritos del viaje que dieron origen a un texto y a una galardonada película de cine, “Diarios de motocicleta” del año 2005.

Entre los países que visita está Perú, donde permanece largos meses, en diversos lugares que incluyen Machu Picchu, donde junto con la majestuosidad y significación trascendente del complejo arquitectónico, deja testimonio del saqueo arqueológico al que fue sometido por los primeros investigadores y visitantes extranjeros[1].

Recibe en este país la hospitalidad y amistad del doctor peruano, Hugo Pesce, quien había sido compañero - y cofundador en 1928 del Partido Socialista Peruano - del sobresaliente pensador José Carlos Mariátegui, a cuyas ideas marxistas latinoamericanistas introduciría al joven argentino. 

La relevancia de esto para la formación de quien más tarde influiría a su vez en la historia continental y mundial, la describe el propio Guevara en la dedicatoria que le escribe a Pesce en un ejemplar que le envía al Perú de su libro “Guerra de guerrillas”, publicado en Cuba en 1960.

     “Al doctor Hugo Pesce, que provocara, sin saberlo quizás, un gran cambio en mi actitud frente a la vida y la sociedad, con el entusiasmo aventurero de siempre pero encaminado a fines más armoniosos con las necesidades de América; fraternalmente, Che.”[2]

Es también por mediación del doctor Pesce que en Lima, en el barrio de Piñonate en San Martín de Porres, y en el Amazonas peruano, en el pueblo de San Pablo, trabaja en leprosorios, al servicio de los enfermos que en la época eran las personas más marginales y excluidas imaginables. Hecho que sin ninguna duda impactó en la sensibilidad social y política del futuro revolucionario y sobre todo en su visión irrenunciablemente continental, opuesta a todo atisbo de chovinismo localista. Así lo consigna Guevara en sus apuntes, cuando el 14 de junio de 1952 recibe en el leprosorio amazónico peruano un agasajo por su 24 cumpleaños.

     “yo, ‘pisqueado’, elaboré más o menos lo que sigue:
     Bueno, es una obligación para mí el agradecer con algo más que con un gesto convencional, el brindis que me ofrece el doctor Bresciani. En las precarias condiciones en que viajamos, sólo queda como recurso de la expresión afectiva la palabra, y es empleándola Que quiero expresar mi agradecimiento, y el de mi compañero de viaje…. Pero hay algo más; dentro de pocos días dejaremos el territorio peruano, y por ello estas palabras toman la significación secundaria de una despedida, en la cual pongo todo mi empeño en expresar nuestro reconocimiento a todo el pueblo de este país, que en forma ininterrumpida nos ha colmado de agasajos, desde nuestra entrada por Tacna. Quiero recalcar algo más, un poco al margen del tema de este brindis: aunque lo exiguo de nuestras personalidades nos impide ser voceros de su causa, creemos, y después de este viaje más firmemente que antes, que la división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias es completamente ficticia. Constituimos una sola raza mestiza que desde México hasta el estrecho de Magallanes presenta notables similitudes etnográficas. Por eso, tratando de quitarme toda carga de provincialismo exiguo, brindo por Perú y por América Unida.”[3]

Esa concepción latinoamericanista del muy joven Guevara, cristalizada tempranamente como “prototipo” en Perú, aparecerá años después, acendrada, como programa de la emancipación popular del continente.

En 1964, como representante oficial de Cuba ante la Asamblea de Naciones Unidas, el Che hará explícito el estatus continental de esta identidad, poniendo su propia experiencia biográfica como ejemplo de ese patriotismo gran nacional, ante insinuaciones chovinistas a su nacionalidad de origen.         

     “He nacido en la Argentina; no es un secreto para nadie. Soy cubano y también soy argentino y, si no se ofenden las ilustrísimas señorías de Latinoamérica, me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el momento en que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica.”[4]

En su último documento público, su famoso “mensaje a la Tricontinental” de 1967, Guevara profundiza teóricamente esta noción, describiendo las dimensiones culturales, históricas y geopolíticas que explican más ampliamente estas articulaciones identitarias y programáticas de lo nacional, lo gran nacional continental y el internacionalismo, en una sola y misma lucha de la humanidad hacia el socialismo.

    “América constituye un conjunto más o menos homogéneo y en la casi totalidad de su territorio los capitales monopolistas norteamericanos mantienen una primacía absoluta… 
En este continente se habla prácticamente una lengua, salvo el caso excepcional del Brasil, con cuyo pueblo los de habla hispana pueden entenderse, dada la similitud de ambos idiomas. Hay una identidad tan grande entre las clases de estos países que logran una identificación de tipo «internacional americano», mucho más completa que en otros continentes. Lengua, costumbres, religión, amo común, los unen. El grado y las formas de explotación son similares en sus efectos para explotadores y explotados de una buena parte de los países de nuestra América…
Hemos sostenido desde hace tiempo, que dadas sus características similares, la lucha en América adquirirá, en su momento, dimensiones continentales. Será escenario de muchas grandes batallas dadas por la humanidad para su liberación.
En el marco de esa lucha de alcance continental, las que actualmente se sostienen en forma activa son sólo episodios…
Y que se desarrolle un verdadero internacionalismo proletario; con ejércitos proletarios internacionales, donde la bandera bajo la que se luche sea la causa sagrada de la redención de la humanidad.”[5]

Luego de aquel primer viaje de 1952, el Che hará otro más al año siguiente, pasando nuevamente  por Perú. A lo largo de toda su vida, su relación y primer matrimonio con la revolucionaria peruana Hilda Gadea y su vínculo con revolucionarios peruanos que caerán junto a él en el proyecto guerrillero boliviano, reforzarán esta relevante relación histórica peruana con el Che[6].

Sin embargo, en el Perú actual, salvo significativos pero modestos rescates de esta memoria, predomina su silencio y desconocimiento. En su lugar, abundan los repetidos lugares comunes por enfatizar el uso que se hace de la imagen del Che en producciones mercantiles de ropa o en el simbolismo de las barras de fútbol. También las obviedades alusivas a que “no era un dios ni un demonio, sino un ser humano común”. No existe ni el más mínimo esfuerzo por rescatar o incluso, siguiendo la lógica neoliberal, aprovechar turísticamente, esa memoria. El Perú oficial no sabe ni deja saber de ella, por más que su importancia histórica objetiva sea indudable.

No tengo dudas de que el actual Perú neoliberal, de espaldas e incomodo a los proyectos continentales soberanos, está condenado a ser superado por la historia como lo hiciera el Perú colonialista en la hoguera de Ayacucho. Entonces, con seguridad, la hora de una reivindicación oficial, masiva, de esta relación peruana con el Che, llegará.

Es en esa certeza que cobra aún más sentido la evocación de este sábado, acaso un rastro de migas de pan que vamos dejando los pueblos, en épocas de extravío, para recuperar el camino de la memoria y el destino.
  




· Por Ricardo jimenez A., sociólogo, comunicador y facilitador chileno residente en Perú. ricardojimenez006@gmail.com   
[1]  Guevara, Ernesto (2005). Diarios de motocicleta Notas de un viaje por América Latina. Argentina: Planeta. pp. 167 y 168.
[2] Instituto Nacional de Salud – INS (2005). Hugo Pesce. Pensamiento médico y filosófico. Perú: Autor. p. 17.
[3] Guevara, Ernesto (2005). Diarios de motocicleta Notas de un viaje por América Latina. Argentina: Planeta. pp. 195 y 196
[4] Discurso pronunciado por Ernesto Che Guevara, representante de Cuba, el 11 de diciembre de 1964 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (19ª sesión, 1299ª reunión). Transcripción tomada de CheGuevara.com (consultada el 28-o9-17). El registro audiovisual se encuentra en Youtube.
[5] Mensaje del Comandante Ernesto Che Guevara a los pueblos del mundo, enviado a través de la Organización de Solidaridad con los pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), hecho público en Cuba, el 16 de abril de 1967. Guevara, Ernesto (2004). Obras escogidas. Chile: Resma. pp. 428, 431 y 434.
[6] Gadea, Hilda (2017). Mi vida con el Che. Perú: COCAGCH.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Gracias Víctor

























Mañana sábado 30 de septiembre, en la noche, en Lima, compañeros peruanos realizarán un recital musical en homenaje a Víctor Jara, el cantor y militante chileno asesinado por el golpismo fascista hace 44 años.
Un gesto fraterno, cariñoso y artístico que solo puedo agradecer y al que gentilmente me han invitado a hacer un breve comentario sobre Víctor.
Espero compartir ahí algunas vivencias y reflexiones que tengo de mi relación con la figura, la obra y la significación de Víctor, para mi y para mi generación. Comparto algunas de ellas aquí.   
La música "rara"

La primera vez que escuché un cassette con canciones grabadas de Víctor Jara yo tenía 16 años, y tras escuchar los primeros diez minutos revisando las canciones, me sorprendió que hubiera música tan fea, tan extraña, me pareció incomprensible que a alguien pudiera gustarle.
Era 1980, y yo era en sentido sociológico hijo de la dictadura de Pinochet. De familia pobre, marginal, sin ninguna militancia ni interés político, más allá de la lucha por la sobrevivencia que llena la vida de los muy pobres, yo había crecido y sido formado en ese mundo sombrío, disciplinado, represivo, silencioso, asustado y sin memoria, que era el Chile bajo dictadura.
Los libros y las canciones “comunachas”, esa era la palabra despreciativa generalizada en dictadura para todo lo de izquierda u oposición al régimen, estaban literalmente prohibidas por ley y eran un delito castigado con cárcel y, era un secreto a voces, la tortura o la muerte. Lo serían todavía hasta 1983.
No recuerdo bien, pero a mí me parece que la primera grabación en cassette clandestina que me pasaron fue la de Víctor Jara, un “compañero cantante, al que mataron los milicos”; recuerdo que eran sus canciones clásicas más conocidas. Yo nunca en mi vida había escuchado a un cantante solo con su guitarra, tocando melodías que no fueran las de moda y menos hablando de algo más que unas cuantas frases de amor refritas. Como dije, me pareció tan extraño y tan feo ese canto que lo saqué luego de diez minutos y lo devolví sin hacer comentarios.
Durante toda mi vida hasta ese momento, mi universo cultural se reducía a muy pocos elementos. Las eternas músicas populares de boleros y cumbias, típicas de los pobres en esa época. En las radios, la única música en español era romántica y de modas bailables ligeras. Unas cuantas FM sólo trasmitían música en inglés todo el día, todos los días. En el colegio, era obligatorio aprender y cantar los himnos de las fuerzas armadas, algunos de los cuales llegaron a gustarme sinceramente. El “folclor” chileno era apenas un conjunto de canciones insípidas cantadas por “Los Huasos Quincheros”, una especie de grupo oficial cómplice de la dictadura. Recientemente, habían llegado al barrio, al igual que en todos los barrios populares de Santiago, las primeras máquinas de juego electrónico, en torno a las cuales pasábamos todos nuestros ratos libres.
El golpe y el fascismo
Desde el golpe de 1973 y hasta 1979, habían transcurrido años de intenso terror de estado, una de cuyas primeras víctimas fue Víctor Jara, y el exterminio físico de los miles de cuadros del movimiento social y político popular que había tomado décadas formar, muchos de ellos en heroica resistencia.
Yo, como millones de mi generación, crecí ignorándolo o teniendo apenas una vaga y relegada visión de que algo grave había ocurrido y era mejor no meterse en eso. No había, ni se sabía de nada parecido a la democracia, los partidos o tan siquiera discusiones cotidianas que hablaran de política.
Para 1980, sin embargo, el pueblo chileno renació de sus cenizas y comenzaron las primeras protestas masivas en las calles. Vertiginosamente, como un reguero de pólvora que se enciende, “la política”, como se decía en esa época a la resistencia, se extendió por barrios y colegios.
Al principio con mucho miedo y desconfianza, pero finalmente movido por una vaga certeza de que era mejor arriesgarse y protagonizar algo que seguir mi destino social, marcado para la exclusión, falta de oportunidades e insignificancia, comencé a hablar con “los políticos”, a discutir y razonar con ellos, a recibir y leer sus libros y escuchar las nuevas y extrañas músicas que me pasaban.
Sin embargo, para cientos de miles de esa generación la conciencia política y la sensibilidad artística se desarrollaron con la velocidad de la luz. Apenas en unos meses, y producto del incendio de rebelión que recorría el país, nuestros barrios y colegios, pasamos de ese marasmo sin horizontes a la militancia y a la resistencia, a la formación política y muy especialmente cultural.
La formación 
Antes de un año, yo conocía bien y escuchaba a diario casi toda la obra de Víctor Jara y de otros grandes artistas populares prohibidos. Sus canciones jugaron un rol tan o más importante que los teóricos revolucionarios cuyos libros devorábamos con la avidez de los condenados a muerte.
En los años inmediatamente siguientes, a través de sus canciones, de libros testimoniales como el clásico “Canto Truncado” de su compañera, y de entrevistas y reportajes leídos en las primeras Revistas culturales permitidas, a partir del años 1983, como “La Bicicleta”, Víctor fue de hecho un compañero cotidiano y un maestro político y cultural para mi generación.
La crítica
Con los años, mi formación política más crítica y, ahora lo sé, el dolor que la tragedia de mi pueblo sedimentaba en mi corazón, llegué también a discrepar y criticar virulentamente a Víctor. Él era militante del Partido Comunista, partido que había apostado a la estrategia de ceder ante la derecha para detener el inminente golpe de estado. Incluyendo la infame “Ley de control de armas”, que era parte de la estrategia del Presidente Allende de hacer concesiones, tal vez demasiadas, a la derecha golpista para evitar el golpe, y con la cual reprimieron, todavía en democracia, a los sectores populares, preparando el golpe.
Víctor es detenido tras el golpe en la Universidad Técnica del Estado (hoy Universidad de Santiago), donde trabajaba como docente. Curiosamente, el golpe de estado se anticipó para ese día 11 de septiembre porque el Presidente Allende anunciaría públicamente, en un acto justamente en esa Universidad y donde cantaría Víctor, un plebiscito de consulta de continuidad o no de su gobierno para superar de manera pacífica e institucional la grave crisis generada por el golpismo en marcha. Allí, los trabajadores y estudiantes se concentraron a esperar a ver qué ocurría y qué podían hacer, y la resistencia no era una opción.
A los ojos de mi generación militante, a una década de distancia y horror, formados en la clandestinidad y la resistencia, eso nos parecía cuando menos una ingenuidad, y hasta llegamos a decir cosas peores, de manera inmadura, irresponsable e injusta.
Por supuesto, más tarde, como parte de mi crecimiento, comprendí lo ligera que era esa crítica. Ciertamente, sigo creyendo que hubo errores y que debemos sacar lecciones de ello, pero sin perder nunca de vista lo complejo, y sobre todo atado a su contexto histórico, que son los procesos revolucionarios reales -no teóricos- y que no se puede tan fácilmente mirar desde el futuro para pedir al pasado que supiera lo que hoy sabemos.
Gigante 
Avanzando en el tiempo y en el crecimiento personal, tuve lo que llamo un nuevo encuentro con Víctor. Con mi percepción más abierta, conocí, reflexioné y aprendí todavía mucho más de él. Pude llegar a comprender perfectamente porque él es una de las personas destinadas a ser arquetipos, símbolos de lo trascendente para los pueblos y para toda la humanidad.
Ante todo, me impresiona la ternura perenne, invencible, de su creación, de sus actos, de sus actitudes. Incluso en sus expresiones más militantes y de controversia, esa ternura lo impregna todo. Cuando me detengo con atención en esa ternura, siento como si de verdad hubiera escuchado y pudiera recordar la sonrisa ancha con que casi siempre aparece en sus fotografías y vídeos.
Artísticamente, Víctor hizo, a mi juicio, lo que otros hicieron en la política de su época, reconoció, dio voz y representó, trajo al escenario e hizo consciente, a sectores sociales que no eran tomados en cuenta hasta entonces, incluso por la izquierda tradicional: los pobres y marginales del campo y la ciudad.
Se lo permitió su temprana biografía campesina marginal y la influencia de Violeta Parra, entonces una desconocida o despreciada para la mayoría del país, pero que Víctor conoció y de la que aprendió decididamente.
También influyó en ello, y a contramano de ciertas rigideces de la izquierda de la época, un rasgo que lo conecta a lo hondo de las clases más populares; su obra tiene un profundo sentimiento religioso cristiano, crítico de la iglesia católica cómplice de las injusticias, pero al mismo tiempo llena de alusiones bíblicas y compañera de la iglesia de la liberación, como expresa por ejemplo su famosa “Plegaria a un labrador”.
No fue su única excentricidad para la izquierda tradicional de la época. La genialidad y sensibilidad artística de Víctor le permitió estar a la vanguardia en superar prejuicios propios de la inmadurez del movimiento revolucionario de entonces, como los que rechazaban las manifestaciones de la música rock por considerarla ajena e imperialista, “una flor transplantada” como escribió despectivamente una revista de izquierda del momento contra nada menos que el grupo Los Jaivas.
Víctor fue el primero y el que llegó más lejos (porque hubo otros cantores jóvenes en la misma línea, como Patricio Manns y Angel Parra), en romper con esa limitaciones erradas y fue amigo personal del grupo Los Blops, uno de los fundamentales históricos del rock chileno, cuya canción Los Momentos es uno de los himnos populares del país.
Víctor usó a Los Blops como banda de acompañamiento en su famoso disco “El derecho de vivir en paz”. Y Los Blops, impactados por el horror de su muerte le escribieron su canción “Sambaye”, en la que, según han declarado, inventaron una especie de idioma sin significado y con metáforas de los sueños porque literalmente no sabían cómo decir lo que significó para ellos el asesinato de Víctor y lo que estaba pasando.
El Perú 
Fue aquí, en Perú, donde Víctor Jara grabó la que es su última actuación en vídeo para la TV peruana, en julio de 1973. Mi amigo y compañero, el trovador Jorge Millones, me ha contado que la grabación original se salvó apenas de que la borrarán para grabar encima un partido de fútbol durante la dictadura de Fujimori.
En esa ocasión, Víctor estuvo en Lima, en Cusco y en Ayacucho, donde habló de la batalla de Ayacucho, que rompió la dependencia colonial con España, y de cómo en el Chile de entonces se quería al general peruano, Velasco Alvarado, compañero y amigo del Presidente Allende. El gran maestro compositor peruano, Manuel Acosta Ojeda, me relató su conversación telefónica con Víctor en esa ocasión, un diálogo entre gigantes de la ética y la sensibilidad popular.
Plenamente consciente del peligro, como lo muestran sus entrevistas, Víctor decidió regresar a Chile para enfrentar su destino de la única forma que sabía, con ternura, con fe y con consecuencia.
Presente!
En América Latina y el mundo, Víctor sigue creciendo como arquetipo de la ética y la creación artística llevados a su máxima belleza y compromiso.
Recuerdo, por ejemplo, la profunda emoción y alegría que sentí cuando hace algunos años en la selva de Venezuela, frontera con Colombia, recorríamos un largo y accidentado camino en una vieja y grande camioneta Ford roja, llena de militantes campesinos con los que íbamos a realizar una escuela de formación política. El más jovencito de ellos, apenas un muchacho de 16 o 17 años, lleno de barro –como estábamos todos porque había llovido- , con una incansable sonrisa, me cantaba especialmente a mí, que era internacionalista chileno, una canción de Alí Primera, el poeta cantor venezolano, dedicada a Chile: “ya no sopla el viento arriba / bajo de la cordillera…” Y al llegar a la parte de la canción que dice: “canción para los valientes”, yo respondía casi inconscientemente, siguiendo la letra de la canción: “¡Qué la cante Víctor Jara!”   
En Chile, hoy, una lenta, demasiado débil y tardía justicia está procesando a algunos de los implicados más directamente en su asesinato. Es todo un símbolo de esa democracia misma que tras una larga y dolorosa lucha conquistó, a medias, muy a medias, el desangrado pueblo chileno. Y todo un símbolo de que esa la lucha por la democracia continua y avanza.
Feroces puertas blindadas todavía persisten en cerrar al pueblo las grandes alamedas, pero las nuevas generaciones, con el alma llena de banderas y canciones, no cesan de patearlas con coraje y belleza. Víctor sigue alimentando y formando a esas nuevas generaciones, como hizo con la suya y con la mía.
Gracias, Víctor.